Cuando uno se cree que ya lo ha visto todo en festivales, resulta que recibimos una invitación para cubrir Mysteryland, el macro-evento holandés por excelencia, el Tomorrowland del país vecino. Antes de que cerréis esta pestaña, huyendo de una crónica de este calado, para los que todavía conozcan a quien escribe estás líneas, deben saber que no soy nada amigo de este tipo de festejos tan grandilocuentes, y mucho menos del EDM y la electrónica comercial, por lo que les aseguro que van a leer un artículo desde el punto de vista de alguien que buscaba seriedad y calidad para sus tímpanos, como creo que harían la mayoría de lectores de este magazine.

Como ya adelanté, la llamada a filas se produjo de manera sorpresiva, razón por la cual ni siquiera nos dio tiempo a preparar una buena preview para informarles de los prolegómenos, como siempre hacemos. Por lo tanto, sin mucho margen de planificación, decidimos atender únicamente la jornada del sábado, ya que el domingo teníamos otro compromiso importante en las playas de La Haya, concretamente, The Crave (ver crónica). De esta forma, nos perderíamos actuaciones tan apetitosas como las de Dave Clarke, Paul Ritch, Kölsch, Eats Everything, Miss Kittin, Rebekah, Karotte, Marcel Fengler o Tim Green, por citar algunos.

Además de la dilatada programación diurna, desarrollada en torno a 14 escenarios temáticos (sí, como leen, 14), la zona de acampada, la cual no llegamos a pisar, también ofrecía sesiones vespertinas, y otras a modo de warm up. Los autobuses lanzadera salían de la estación de trenes de Hoofdorp, un término municipal ubicado entre el aeropuerto de Schiphol y Leiden, una localidad preciosa, justo a medio camino entre Amsterdam y Rotterdam. El emplazamiento elegido para la efeméride es más que apropiado, frondoso y fresco, bañado por varios ríos y lagos, recubierto por una generosa masa arbórea.

Nuestra entrada se produjo por el acceso norte, el más alejado del camping. Las dimensiones de todo el complejo son colosales, las más bastas que me he encontrado jamás, con permiso del Fusion de Alemania (ver crónica). Pese a la gran superficie que ocupa, con uno de los mapas que te suministran a las puertas, uno puede orientarse bien. Además, la señalización y las referencias abundan, facilitado la circulación de una muchedumbre que, sin contrastar con cifras oficiales, me atrevería a decir que sobrepasa los 100.000 asistentes. Como no podía ser de otra manera, el cartel de “sold out” llevaba varios días colgado.

Mysteryland Festival

Haciendo buenas las leyes de Murphy, las áreas cuyo programa nos interesaba más, se encontraban en el extremo opuesto de la entrada norte, por lo que aprovechamos el paseo para otear los distintos escenarios que componían Mysteryland. En primer lugar, pasamos por el Crazy Town, un open air cubierto por una pérgola blanca circular, donde tendrían lugar sesiones de corte old-school, IDM y dance de los ’90. A unos metros, nos topamos con uno de los dos stage indoor, el RAM, el cual conmemoraba el 25º aniversario del sello discográfico de ritmos rotos de igual denominación. A continuación, el Puna, dando cabida a las actuaciones de tendencias urban, casi siempre con un MC apoyando a los artistas. Un poco más alejados, comenzada lo interesante…

El magnánimo escenario Q-Dance destacaba sobre el resto en el ala norte, despachando hardstyle para el público más precoz. Aunque no pasamos mucho tiempo allí, tengo que reconocer que su escenografía me dejó perplejo. Una gigantesca cabeza descarnada presidía el dancefloor, moviendo sus grandes ojos constantemente. Ésta se despiezaba a los lados en dos partes, una cadavérica y otra robótica, muy en la línea apocalíptica de Mad Max. Entre este stage y el Thunderdom, el cual describiré más adelante, el terreno se elevada como una pirámide, ofreciendo vistas únicas a quienes tenían la osadía de escalarlo. En su cima, una grúa portuaria elevaba la cota aún más, a modo de atracción, y por otro lado, se instaló la otra sala interior, The Dark Gayzer, regida por el colectivo Milkshake.

Mysteryland Festival

Tan sólo les acabo de contar la mitad del complejo. Tras cruzar la autovía por un puente, el recinto se extiende hasta la zona de acampada. El primer escenario que nos encontramos fue el Annie’s Fiësta, de perfil muy comercial. Subiendo un poco más, el Bacardi, un pequeño invernadero abierto a dos aguas que ya hemos visto en otros festivales, donde se puede escuchar house y deep, con artistas como Florinsz Janvier, quien ya nos dejó buenas sensaciones en Straf_Werk (ver crónica). Ya casi en la otra punta del festival, por fin alcanzamos el Paradise, donde a la postre pasaríamos la mayor parte de nuestra aventura. Se trataba de una carpa cubierta por lonas circenses, bien aireada, cuyo interior hacía que te sintieras en un club de prestigio. La presencia de Funktion-One presagiaba momentos mágicos…

Y así fue. Al primer pinchadiscos que disfrutamos fue Dubfire. Con una presencia de público a mitad de aforo, el iraní hizo lo que mejor sabe; bombardearnos con su minimal-techno groovero y rompedor, marco de la casa. Tras él, el carismático Joseph Capriati vino a representar al archiconocido label Drumcode, del cual ya vengo diciendo que cada vez lo veo caer más en los estándares y el convencionalismo de “lo que vende”, es decir, techno facilón, alegre, de muchas subidas y bajadas… demasiado predecible. Su discurso no nos convenció, así que nos redireccionamos al stage Cocoon, completamente abierto, dotado de sound system en line-array y subgraves Funktion-One. La cosa prometía.

Mysteryland Festival

Una vez en los dominios de Sven Vath, dueño y señor del mítico sello que prestaba su nombre al floor, quien a posteriori le daría cierre, presenciamos los últimos compases de Oliver Weiter. El holandés jugaba en casa y se le vio muy activo en cabina, ofreciéndonos su particular manera de entender el house, a caballo entre lo sobrio y lo divertido. Acto seguido, la figura del dúo Extrawelt emergió por el backstage. Uno nunca sabe qué esperar de la pareja germana, quienes siempre adaptan su live a las circunstancias y al horario de su actuación. Esta vez, dieron rienda suelta a su repertorio más melódico y profundo, difiriendo bastante del espectro sonoro que nos maravilló aquel Forte de 2015, donde su versión más oscura y technoide nos conquistó por completo.

Hacia el ecuador de su set, decidimos completar nuestro recorrido por el ala sur del recinto, todavía no habíamos visto el Main Stage. Si el Q-Dance me sobrecogió, qué decir de éste… difícil de describir, mejor referiros a las fotos adjuntas. Algo que no se aprecia en imagen, es el sonido. Si no es el equipo más bestia que había escuchado en mi vida, poco que le faltaba. Sencillamente, ensordecedor, y eso que me quedé rezagado hacia uno de los laterales. Desgraciadamente, la banda sonora no hacía honor a tal despliegue técnico. El célebre DeadMau5, quien curiosamente afirma posicionarse en contra del EDM, nos atormentó con su electro viral, más propio de videojuegos que de un festival serio.

Mysteryland Festival

En nuestro camino de vuelta al Cocoon, hicimos “pit stop” en el Healing Garden, una zona habilitada, aparte de otras muchas, para el descanso y el esparcimiento. Dentro de uno de los tipis dispuestos para tal fin, escuchamos música deep a bajos bpms, como si del chill out se tratase. Lo nuestro no es reposar, así que volvimos a la acción, con Ilario Alicante como maestro de ceremonias. El italiano cumplió con su tech-house directo y pistero, de buena pegada, muy acorde con los ritmos característicos del label de Frankfurt. Sin embargo, la propuesta de Jamie Jones en el Paradise nos gustó bastante más. El británico, condicionado por el line-up del stage más underground, endureció su repertorio habitual de deep-house, ofreciendo una versión más contundente y minimalista de las que nos tiene acostumbrados… ¡así, sí!

Teníamos curiosidad por ver el montaje del escenario dedicado a nuestros compatriotas de ElRow. Como tantas veces, tiraron nuevamente de temática psicodélica, inspirándose en el colorido mundo de los hippies de los ’60. Por supuesto, no faltaron performance en zancos animando el cotarro, ni tampoco objetos hinchables y papelinas. Tras los platos, una de las puntas de lanza de su booking, el peludo Marc Maya. El catalán hizo gala del sonido Row14, es decir, tech-house fresco y bailongo, de ese que tenemos en nuestro país hasta en la sopa. Más tarde, su paisano Paco Osuna dio continuidad a esa línea ibicenca, terminando por cansarnos de un estilo que ya se nos hace demasiado repetitivo. Que me perdone su amplia nómina de fans.

Mysteryland Festival

El atardecer iba cayendo, el cuerpo pedía más marcha, más bpms, así que no se nos ocurrió mejor manera de cerrar el festival que con un poco de hardcore, a falta de techno. El stage Thunderdome fue el elegido, gobernado por los miembros de este legendario colectivo, probablemente el más importante de la historia del género. Un enérgico Drokz daba las últimas pinceladas a su set, dejándoles la pista bien calentita a los grandes maestros: The Sickest Squad, Andy the Core y Meccano Twins, quienes unieron sus manos para presentar su show como Brutale. El pseudónimo artístico de la formación lo dice todo. Maquinaria pesada a up-tempo, un castigo para los tobillos.

Este impresionante escenario, de estilo retro-industrial, cerró antes que los principales, por lo que aún nos sobró tiempo para ver algo más. Primero nos dimos una vuelta por el Q-Dance, había que verlo con la oscuridad de la noche. Aunque la música no acompañó con el hardstyle de Frequnzers & Bass Chaserz, la escenografía era brutal, todo un despliegue tecnológico de láseres, humos, fuegos… y todo lo que se puedan imaginar. Todavía nos quedaba un área por visitar, The Big Top, donde se desarrollaría la programación más trancera. Allí presenciamos, alucinados por el set-up de la carpa, una vez más, a los hermanos DVBBS, quienes repartieron un buen arsenal de electro-house, con reminiscencias de la vieja escuela.

Mysteryland Festival

Todo esto fue lo que dio de sí una jornada de Mysteryland. No me quiero imaginar cómo terminaron las baterías de aquellos que asistieron desde el viernes, desde la opening party del camping. Desde luego, un macro-evento como este no es mi rollo, ni el de la revista, ni el tuyo que me estás leyendo… pero sin duda, me quedo con las infraestructuras montadas, las más espectaculares que he visto nunca, y les aseguro que no he ido a pocos festivales. Por su parte, el sonido era impecable en todos los escenarios. No había ni uno que no te abriera el pecho. Por lo tanto, otra experiencia más para la mochila, la cual repetiría con los ojos cerrados.

Autor: Pablo Ortega

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