Autor: Pablo Ortega

El pasado viernes 15 de enero, abandoné España para aterrizar en una de las ciudades más avanzadas y cosmopolitas del planeta: Rotterdam, donde pasaré los próximos meses, al menos hasta finales de agosto. Tenía varios motivos de peso para lanzarme a esta aventura como voluntario del proyecto europeo SVE. Una de las razones por las que escogí esta ciudad, aparte de ofrecerme interesantes oportunidades de trabajo y la posibilidad de aprender idiomas y conocer gente, fue la de situarme en uno de los países con mayor oferta y desarrollo musical del momento, como es Holanda. Este sábado viví mi primera experiencia clubbing en esta localidad, justo al día siguiente de mi llegada. No se pierdan un detalle de esta crónica, porque a continuación les voy a narrar lo bien que se lo montan por aquí. Otro nivel…

No me resultó fácil decidir a qué evento asistir en mi primer fin de semana en Rotterdam, aquí la programación semanal es jugosa y variada, y el menú de clubes a los que asistir es bastante amplio. Finalmente, opté por ser fiel a mis instintos más technoides y me decliné por la sala Transport, donde se desarrollaría un apetecible evento organizado por el colectivo Isotoop. El line-up estaría compuesto por Sigha y Voiski como platos fuertes de la noche, más los holandeses Nthng y Van Anh como teloneros.

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Tras bebernos unas cervezas en un pub situado en una de las zonas de marcha, convencí a dos chicos, voluntarios como yo, para que me acompañasen a la fiesta. Lo cierto es que nos costó bastante dar con la sala, ya que se encontraba bien escondida entra varias discotecas de estilo más chic, por lo que nos resultaba extraño que un club tan underground como Transport pudiese compartir edificio con locales más cool. Para mayor dificultad, en su fachada no han colocado ningún tipo de indicación que aclare a dónde se accede tras bajar sus escaleras de hormigón. Tan sólo una gran puerta de garaje negra con un tipo de seguridad custodiándola es lo que te encuentras a pie de calle. Abonamos nuestros 10€ de entrada, y pagamos 2€ para guardar nuestros atuendos invernales en una consigna de autoservicio.

Al llegar al sótano, nos encontramos el espacio chill out, el cual hay que traspasar para llegar al escenario principal, equipado con varios sofás y sitios para el descanso. Lo primero que perciben tus sentidos es el olor a hierba y muchos cascos con luces de colores en las cabezas del respetable. Al colocarnos unos en nuestras orejas, comprobamos que lo que sonaba era el set analógico que una pareja de jóvenes compositores electrónicos, Marvin y Linh, estaban desarrollando en medio de la sala, en lo que ellos mismos denominan Modular Live. El chico se dedicaba a crear sonidos y beats mediante una caja de ritmos de la que salían decenas de cables, mientras que la chica los modulaba y adornaba con efectos y sintetizadores. Un espectáculo.

La main room es bien diferente, un espacio muy diáfano y oscuro donde la música es la auténtica protagonista, potenciada por un despliegue luminotécnico digno de elogio. Desde primeras horas de la noche, son bastantes las personas que se agolpan en torno a la cabina del DJ, muy bailongos durante todo el evento. El público siente el sonido en cuerpo y mente porque el club reúne todas las virtudes que un buen evento electrónico necesita. El sound system permite escuchar a la perfección cada matiz de las sesiones, de forma clara y envolvente. El aire de los graves sacude tu pecho como la turbina de un avión. El sonido de Transport me recordó mucho al que pude disfrutar en el legendario club Sysiphos durante mi última visita a Berlín.

Llegamos a tiempo para presenciar los últimos compases del set de la emergente Van Anh, muy querida por estos lares, una hermosa joven de aspecto asiático. Techno sobrio y elegante, perfecto para arrancar motores. Tras ella, el emergente Nthng tomó los mandos de los reproductores de CDs, otro artista precoz de origen holandés, también de temprana edad. El nivel de decibelios subió considerablemente y en poco tiempo se metió al público en el bolsillo con un espectro sonoro profundo y futurista, de tremenda calidad. El chaval demostró una técnica envidiable durante sus dos horas de actuación, y fue despedido entre merecidos aplausos.

Sobre las tres de la mañana, apareció en cabina el carismático Voiski, quien necesitó un buen rato para instalar sus aparatos. Afortunadamente, el francés tiró de su repertorio más contundente, aunque como era de esperar, realzó sus tracks con melodías muy electrónicas, propias de otros estilos como el progressive o el minimal. Sin duda, lo más destacable fueron sus paradas en seco a golpe de bombo y platillo. En definitiva, una sesión muy bien trabajada, completamente analógica, controlada hasta el más ínfimo detalle. No obstante, lo mejor de la noche estaba por llegar…

El último en actuar fue Sigha, uno de los principales exponentes del sonido Birmingham en la actualidad. El británico comenzó algo titubeante, no terminaba de arrancar, pero cuando consiguió calentarse, nos puso en órbita. Por fin, parece que Sigha está demostrando ser mucho más que un gran productor. A sus habilidades como creador está sumando poco a poco su gran destreza como DJ, y es que terminó cuajando una memorable actuación, pura psicodelia. Nos regaló varios momentos trepidantes de mezclas recargadas, pero perfectamente ensambladas, generando una atmósfera oscura que taladró nuestros cerebros.

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No se puede pedir más para mi primer evento en Rotterdam: instalaciones modernizadas, espacios alternativos interesantes, ambiente de lujo, grandes artistas, sonido impecable… Las expectativas eran elevadas, sabía a lo que venía, pero un club como Transport ha logrado superarlas. Al menos de momento, siento que estoy jugando la Champions League del clubbing europeo. Espero que esto no decaiga. Seguiré informándoles…

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