Hace un par de meses, os presentamos un festival holandés que se desmarca bastante de la tónica habitual. No podemos definir a The Living Village como una fiesta cualquiera, ya que si sólo consideramos line-up, escenarios, horarios… nos dejaremos atrás todos aquellos detalles que lo convierten en toda una experiencia cultural y psicodélica, que va mucho más allá del mero hecho de recrearse con música electrónica. “El pueblo viviente” es el resultado de un proyecto conjunto entre varios colectivos, donde cada cual ha aportado sus mejores galas para materializar toda una ciudad hippie de carácter efímero, pues tras la finalización del mismo, prometen dejar los terrenos ocupados de la misma manera en que lo encontraron.

La organización presume de llevar a cabo intervenciones sostenibles y respetuosas con el entorno natural donde se emplazan sus festejos. Así pues, toda la comida y bebida servida, fue de origen 100% biológico, incluyendo cerveza y refrescos, algo que está muy de moda y que vende bastante por estos lares. Ya se podrán ir imaginando el tipo de público que acudió a la contienda: edad media bastante elevada, familias con niños, grupos pacifistas, aventureros curiosos… una rica mezcla de estereotipos sociales con un objetivo común: pasar un fin de semana agradable y divertido, en contacto con la naturaleza y con la cultura libre y alternativa. Sin duda, el ambiente y el buen rollo que se respiraba en cada rincón, es uno de los puntos fuertes que debemos destacar.

The Living Village Festival

En cuanto al plano musical, lo que más nos interesa, el festival presentó un menú muy variado de ritmos y géneros, desde la electrónica más ravera y macarra hasta el folk más melódico y popular. Para desarrollar esta extensa programación, se dispusieron cinco escenarios temáticos: el Monkey Town, que albergaría multitud de conciertos para bandas y performances, el Boomstack Backyard, donde se podía escuchar dub y reggae, la Acoustic Village Square, un popurrí de varios estilos (blues, folklore, salsa…), el Magical Forest, a modo de chill out, y el Downtown Electronic, para todo el repertorio electrónico. Obviamente, fue en este último donde pasamos casi toda nuestra estancia.

VIERNES

Tan pronto como concluí mi jornada laboral en Amsterdam, puse rumbo a la localidad de Dalfsen, en cuyas afueras se ubicaba The Living Village. Tras una caminata de unos veinte minutos desde la estación de trenes, kit de supervivencia a cuestas, nos plantamos en los accesos, donde verificaron nuestras acreditaciones y nos obsequiaron con varios tickets de comida y bebida. No tardamos en levantar nuestro campamento base, haciendo uso de nuestras tiendas de campaña y demás parafernalia. Nos encontrábamos en un paraje ecológico precioso, verde y húmedo, repleto de superficies arboladas y obras de arte decorativas de todo tipo: esculturas, tótems, grafitis, mantras, proyecciones… El recinto al completo abarcaba un área de dimensiones casi kilométricas. El equipo de deco cuidó hasta el mínimo detalle, un trabajo artístico y artesanal al alcance de muy pocas manos.

The Living Village Festival

Una vez avituallados y situados, dirigimos nuestros pasos hacia el Downtown Electronic. Teníamos muchas ganas de ver el montaje nuestro stage de cabecera, y es que este festival representaba toda una incógnita por desvelar para todos los asistentes, ya que estábamos ante su primera edición. Allí nos encontramos con un dancefloor aún bastante despejado, aunque poco a poco se fue animando, conforme la noche se iba cerrando. Varios postes de madera soportaban la estructura metálica ligera por donde discurrían varias luminarias y cabezas móviles, incluso algunos láseres, dando colorido y acotando la pista. Hasta ahí, lo normal y esperable.

Para nuestra sorpresa, la cabina del DJ se encontraba enfrentada al sound system, a muchos metros de distancia, separados por la propia pista de baile. Este hecho dificultó bastante la tarea de los artistas, ya que escuchaban con bastante retardo lo que sonaba en el frente de batalla. El sistema de audio estaba compuesto por una portentosa colección de módulos de cajas de resonancia, a modo de muro ciego de altavoces. Un concepto muy ravero, muy de Teknival, que ya hemos visto por nuestro país en festivales alternativos con el Dragón o el Anti-Viñarock. La música en sí misma iba a ser la protagonista, mientras que el pichadiscos de turno quedaría relegado a un segundo plano, casi en el anonimato.

The Living Village Festival

 

Por esta misma razón, esta vez no voy a centrarme demasiado en las sesiones que pincharon cada uno de ellos, ya que considero mucho más relevante describir los aspectos que hacen que The Living Village sea un festival único y diferente. El elenco artístico contratado no destacó precisamente por su popularidad o trayectoria, la mayoría de ellos provenían de la escena underground holandesa, veteranos de guerra, generalmente. De hecho, he de reconocer que apenas conocía a dos o tres componentes del cartel. Esa noche tocaron Bertje Pruts y DJ Brainiegek, quienes desplegaron su arsenal de tekno ácido y trivalero, rozando el hardcore en muchos momentos.

SÁBADO

La peor noticia del evento, fue el corte musical que se venía al final de cada jornada entre las doce y la una de la noche, hecho que no nos pilló por sorpresa. A estas alturas, conocemos bien la normativa del país en cuanto a licencias y restricciones de horarios (como ya nos pasó el año pasado en el Psy-Fi). Este es un punto a tener muy en cuenta si piensan visitar estas tierras buscando guerra. Los Países Bajos es una nación rica en oferta musical, donde siempre pueden esperarse los mejores sound systems, grandes DJs y muy buen ambiente, aquí la gente lleva varias décadas disfrutando de una envidiable cultura de club (y de open air, cuando el clima lo permite). Sin embargo, si no eres fácil de saciar, y eres de los que te gustan los afterhours, este no es tu país.

The Living Village Festival

El sábado fue, con diferencia, el día más álgido y lucrativo del fin de semana (también por ser el más largo). Pese a las lluvias torrenciales que nos cayeron durante las primeras horas del día, nos dimos una vuelta de reconocimiento por todo el complejo. Cabe destacar el Monkey Town, un escenario precioso artesanado en madera y cubierta de lonas, donde la comunidad hippie más longeva se acercaba a escuchar a los músicos y bandas que seleccionaban las melodías más armónicas e instrumentales del festival. También aprovechamos para llevarnos algo a la boca entre los muchos puestos de comida que se dispusieron en la zona central del recinto, donde además encontramos juegos de niños, talleres, tiendas artesanales… y hasta un teatro.

Una vez cargadas nuestras baterías y visto todo el “pueblo viviente”, buscamos acomodo en la pista del Downtown Electronic. Afortunadamente, el hard-tek de la jornada anterior dio paso a sonidos más sofisticados y avanzaos, lo que supuso una notable mejoría en cuanto a calidad acústica. Primero Mathé, y sobre todo Orkatek, propusieron una buena hornada de psy-trance progresivo, denso y consistente, de ese que resulta tan fácil dejarse llevar, muy apropiado para el afternoon. De esta forma, calentaron gradualmente el dancefloor a base de cadencias psicodélicas, en ocasiones bastante hipnóticas.

The Living Village

Tras esta buena racha musical, la programación dio un indeseado giro hacia sonidos más vulgares y reconocibles, dando paso al tech-house y al deep, mermando el buen ritmo que ya nos tenía absorbidos, poniendo freno a nuestro viaje mental. El causante de nuestra desconexión fue DJ Z, quien dio paso a una de las headliners, la reputada Dj Isis. Con ella, volvieron la calidad y el buen trabajo tras los platos, aunque lo mejor aún estaba por llegar…

A las ocho de la tarde, con la amenaza de la caída del sol, comenzó lo bueno. Nos esperábamos un set mucho más templado y experimental por parte de Djo, pero lejos de nuestras sospechas, el misterioso artista de largos cabellos se mostró muy aguerrido desde sus inicios, sacando de la maleta su psychedelic más contundente y pistero, volviendo a ponernos en órbita con el trance. No obstante, la mejor actuación del fin de semana fue la Sehtroc, quien vino desde el sur de España para destrozarnos los tobillos con el mejor psy progressive del momento. El sevillano incendió el dancefloor con bombos pesados y sus mezclas rompedoras. Una sesión de manual, sencillamente magistral.

Sin tiempo para digerir el terremoto provocado por Sehtroc, cuyas dos horas de actuación se nos pasaron volando, fue el turno de Psykadelica, probablemente, el artista de psy más conocido del menú. El holandés no defraudó, poniendo toda la carne que disponía en el asador, subiendo un poco las cotas de oscuridad y velocidad, acariciando subgéneros más nebulosos como el psy night. Así pues, la transición hacia la noche fue perfecta, lástima que volvieran a mandarnos al saco de dormir con un nuevo corte a la una en punto.

DOMINGO

La última etapa de nuestra aventura discurrió de manera mucho más tranquila y pausada de lo que nos hubiera gustado, ya que la programación del escenario de electrónica apenas ofrecía nada bailable. El stage se reabrió con una sesión de las que denominaban “teknoerobics”, es decir, una serie de ejercicios guiados por un experto en danza para estirar y calentar los músculos, preparando al personal para una nueva jornada musical. Efectivamente, el público más experimentado vio con buenos ojos estas prácticas diurnas, y es que como ya avancé párrafos atrás, la media de edad podría rondar la cuarentena.

Acto seguido, los chicos de Gwandoya Crew dejaron sonar sus composiciones afrobeat, funk y disco para el disfrute de los veteranos y sus familias. Tras ellos, uno de los platos fuertes del line-up (sobre el papel), emergió por cabina con su colección de discos de diversa índole, desde ambient hasta techno Detroit, pasando por electro y house. Hablamos de Lady Aïda, guía espiritual para muchos de los peregrinos que se dieron cita en The Living Village. Sin ir más lejos, la chamán pidió a su audiencia cerrar los ojos en el ecuador de su set, bajando de su mesa para grabarlos mientras meditaban con su track más profundo y especulativo.

The Living Village Festival

Wimbleton fue al último artista que pudimos escuchar y otear desde la distancia, y aunque con él volvieran las percusiones y la música de baile, lo cierto es que su house con aroma a Chicago no terminó de convencernos y decidimos desistir. Aburridos y decepcionados por el programa dominical, mis amigos y yo no tardamos en recoger nuestros bártulos y preparar el viaje de vuelta. Había que descansar para volver el lunes a la realidad del trabajo.

Como era de esperar, la crónica se me ha ido un poco de las manos y me va a quedar bastante larga. Lo cierto es que había mucho que contar y que no me quería dejar nada importante que puntualizar, este tipo de eventos dan mucho juego y se merecen una buena descripción. Creo que ya se pueden hacer una idea de la experiencia que ofrece The Living Village, el cual no definiría como un festival de trance al uso, sino más bien, como una celebración del comienzo de la temporada estival, rodeado de naturaleza y gente positiva… “love is in the air!”. Mis más sinceros agradecimientos a la organización, en especial a Babette y Sander, quienes no sólo nos han abierto las puerta a su aldea mágica, sino que además, nos han hecho partícipes de todo esto y nos han dado todas las facilidades que estaban en su mano.

Autor: Pablo Ortega

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