Menudo día. Llevo encima cuatro cafés y apenas tres horas de sueño. Reconozco que la cosa en el curro se ha puesto bien berraca. El curro de ganar dinero y tal me refiero. Por muy cantamañanas que sea, la música no me da de comer. En cualquier caso aquí me hallo, refugiado de la lluvia de Madrid en el interior del suburbano. Toca Bigott en la Joy y afortunadamente estoy invitado a la fiesta. No pierdo la esperanza de que al final todo mejore. O empeore. Cualquier cosa mejor que despedir un día mediocre.

Mientras viajo en el tren voy repasando My friends are dead, la más reciente criatura de Borja Laudo, el tío del bigote. No sé si está justificada la comparación, pero de algún modo me recuerda al A place called home de Jubilee. Teniendo en cuenta lo excepcional del proyecto de Pedro Cantudo y lo cojonudo que me parece ese disco, no es poco decir.

 

 

El show antes del show

Son casi las ocho. Recorro el camino desde Sol hasta la puerta de la sala en la calle Arenal. Hay un par de tipos en la puerta, gente normal. Me sorprende no ver gorilas controlando el tema. Intento abrir la puerta pero, obviamente, la sala aún está cerrada.

— ¿No han abierto?

— No. Estamos en cola.

— Ah claro. Perdonad.

A veces olvido que la gente no se pone a hacer cola por gusto. Me coloco el tercero. Diez minutos más tarde llega un colega del chico que tengo justo delante. Descorre la cremallera de su abrigo y saca un ridículo sombrero de flores. Se lo pone en la cabeza y mira a su amigo como si el sombrero fuera lo más. Su amigo se ríe bastante. Reconozco que el gorro no está nada mal.

Una vez dentro veo al Bigott en la mesa. Se ha puesto un tema de The Flaming Lips. Diría que es una de las viejas, del Transmissions from the satellite heart o por ahí. Puede que Moth in the incubator, pero no estoy seguro. Sorprendentemente nadie se acerca a tocarle los huevos. No sé si por falta de efecto fan o por el desaliñado aspecto que gasta el menda. Se sube al escenario y, amparado por la inmunidad que te otorga ser el tipo al que la gente ha pagado por ver actuar, inicia un baile de lo más ridículo. Me recuerda a mí un domingo de resaca en gayumbos por el piso.

Me ha visto. Más bien ha visto la cámara. De pronto se ha puesto como loco. Insiste en que le grabe un vídeo para Instagram. Lo grabo un rato mientras él no para de bailar. Después una chica se acerca al escenario y se abrazan. Parece que se tengan mucho cariño, aunque dudo que se conozcan de lo más mínimo. Se incorpora y de cara al público empieza a hacer ejercicios de respiración. Respira muy hondo, lo oigo perfectamente desde mi posición. Al terminar le choca los cinco a un tipo que pasaba por allí.

Ahora está recostado sobre le escenario. Se está haciendo selfies con la gente de la primera fila. Regala un nuevo abrazo a uno de los chicos del selfie. Vuelve a sus ejercicios de respiración. Desde el foso una chica le pide una foto con su grupo. Él la insta a que esperen un momento. Bigott se retira al camerino. La foto jamás llegará a producirse.

 

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Like in the movies

Tras un rato en los camerinos por fin salen Borja— puño en alto— y la banda al escenario. No hay mucha luz, me tiembla el pulso y sólo tengo tres canciones. Si sale una decente será rabiando.

Lo bueno de tener sólo tres canciones es que podré escuchar el concierto. Lo malo es que la tercera es Dead mum walking, una de mis favoritas. Hace como cinco años escribí un pequeño relato sobre esa canción. No me la quiero perder, así que miro el reportaje. No está todo lo mal que podría, algo sacaré. Guardo la cámara. A bailar— es un decir.

Entre canción y canción el tipo sólo se comunica en inglés. Es de Zaragoza pero decide hablar en inglés con el público. Además, le añade cierto acento ruso. No tiene sentido pero no me sorprende demasiado, canta así la mitad de las canciones. Este hecho arranca algunas risas entre los asistentes, aunque dudo seriamente quién se está riendo de quién.

Bigott es un excéntrico. Es de los pocos excéntricos a los que me tomo en serio. Podría hacer muchas cosas para llegar a más público. Sabe sonar bien. De hecho, está sonando de puta madre. Sin embargo sigue haciendo canciones difíciles de poner fuera de Radio 3. Lo único que le echo en cara es no atreverse a cantar en castellano. A todos los que nos ha conquistado con su sonido nos gustaría verlo enfrentado al reto de su propia lengua. Eso sí, no seré yo quien trate de convencerlo. Con este tío no hay quien hable en serio.

El tipo que tenía delante en la cola le ha dado su sombrero de flores. Se lo pone. Sólo unos segundos. Luego balbucea las palabras mágicas: lemonade on the radio. Es su forma de anunciar que va a tocar Baby lemonade. Al llegar al estribillo alguna gente se anima y empieza a saltar. Pero pronto todo vuelve a la normalidad. Las canciones están hechas para que salte él y no los demás. Al terminar la gente aplaude especialmente esta canción.

 

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Un hombre detrás de Bigott

Clara, la bajista, sube una marcha: suena She’s gone. La canción es repetitiva y machacona. Conforme se va desarrollando se producen pequeños cambios, detalles casi imperceptibles. Al final son esos pequeños, los casi imperceptibles, los que dan entidad a la canción. Como en todo en la vida.

Sube un niño al escenario. Se quedan Borja y él prácticamente a solas, con el sonido del órgano como único acompañante. El niño le mira a los ojos, él le canta. Es lo primero que parece tomarse en serio esta noche. Se chocan los cinco. El niño se aleja un poco, no tiene claro si su momento ha terminado. No lo ha hecho. Ambos levantan el dedo gordo, todo está bien. The best dice Borja. Clara vuelve al escenario.

Las dos últimas son Pavement Tree y Cannibale. La primera es recibida con un sonoro ohhh por parte de la sala. La segunda me hacer ser consciente del motón de canciones destacables que tiene Bigott. Tras un poderoso aplauso la banda se retira y da paso al paripé de los bises. Gritos, silbidos, y la banda de vuelta al escenario.

Para el primer bis sube una niña. Se coloca a uno de los lados y comienza a bailar de forma comedida. Es adorable. Tras el primer estribillo se suelta un poco el pelo, aunque jamás pierde la compostura. Termina la canción y choca los cinco a Clara. Después lo hace con Borja.

El tipo al que no se podía tomar en serio nos acaba de regalar una noche de rock y niños, dos de las pocas razones que creo razonables para pensar que este mundo no merece irse a la mierda.

 

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Todos muertos

Llevo como una hora con el vaso de plástico vacío. No me apetece más cerveza, pero necesito tener un vaso en la mano. Lo protejo como oro en paño. Borja hace lo propio con los arpegios de su guitarra. Clara ha tomado el micro, por primera vez es ella el centro de atención y no se le da mal. Tampoco se le da mal a Borja no serlo. La siguiente es una versión del Poupée de cire, poupée de son de France Gall. Luxemburgo ganó con ella Eurovisión en 1965. Por algún motivo a mí también me ha gustado siempre esa canción.

Dejan de nuevo el escenario y regresan para tocar la última. Borja saca el móvil. Revisa los likes en redes sociales. Hoy está especialmente preocupado con ese tema— nadie lo diría de un tipo como él. Pide que suban las luces y graba a toda la sala. La gente se vuelve loca con la cámara. Con la cara descubierta todo el mundo echa el resto.

Ha terminado el concierto. Bigott levanta la guitarra ante el público como quien levanta la Copa de Europa ante su afición. Mientras la menea por encima de su cabeza el último acorde sigue sonando entre acople y distorsión. El escenario se queda vacío y otra música comienza a sonar por los altavoces. Es el final.

Salgo y ya en la puerta veo como él mismo se queda al frente de la tienda de merchandising. Celebra cada venta con una sorprendente energía. Alguien se acaba de llevar un ejemplar de My friends are dead. Yo me voy, estoy muerto de sueño.

 

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